Eso es lo que le han dado a Koldo Royo, según la prensa. Vamos, que le han quitado la estrella que tenía. No es que sea yo un especialista en estrellas y michelines, pero si te puedo decir que una vez fui a comer, el año pasado, a su restaurante y fue, por este orden, caro, escaso y malo. Igual ese día tenía un mal día, qué se yo, pero si Michelín ha llegado con su guía y le ha dado aire, será que ha perdido algo que antes tenía y ahora no. ¿Calidad?. ¿Servicio?. ¿Ha alcanzado el sumum en aburrimiento culinario?

En el restaurante me vino a la memoria cuando, en la mili, nos ponían de rancho “Goulash a la húngara”. Al final era estofado, de toda la vida. Pues aquí, lo mismo. Porque por más que le llamen “patata en emulsión caliente de aceite” no es más que “patata frita”.

Ahora que recuerdo, otra vez intenté cenar allí, sin reserva. Fue con Pablo Carbonell cuando le contratamos para un concierto en la Sala Palmanova en 2003. Se emperró en entrar porque era amigo suyo, y como respuesta obtuvo un “no tenemos sitio” y además ni siquiera salió a saludarnos. Y eso que según Carbonell, eran amiguetes. Ya ves.

Nada, a esmerarse más y, como el Atlético de Madrid en su momento, un par de añitos en el infierno igual le vienen bien.

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