No me queda más remedio que reconocer que me he convertido en un cotilla. Y la culpa la tiene Facebook.
Siempre he participado en redes sociales, más con la intención de estar porque hay que estar, que con la intención de establecer contactos para hacer negocios o buscar nuevas amistades. Lo que pasa es que un día alguien me presentó Facebook y “la cagamos Luis”.
La verdad es que sólo tengo a amigos o conocidos en mi red. No soy de los que van añadiendo personal porque he visto una foto en actitud sugerente, pero lo cierto es que a pesar de eso, o precisamente por eso, tus amigos en Facebook te abren sus puertas para conocer de ellos detalles que jamás hubieras sospechado.
Así, un compañero de colegio al que hace 10 años que no ves, te das cuenta que, de repente, tiene mujer y dos hijos, que vive en Madrid y que se dedica a la banca. U otro que apuntaba a bellas artes pero que se ha hecho heavy metal y sigue viviendo en Palma. Alguno que tenía pareja se ha separado y está intentando ligar todo lo que puede. Incluso algún político con el que coincidí en alguna reivindicación y que está sólo por tener una identidad digital. De cada uno sabes sus gustos musicales, lecturas preferidas, comparten fotos suyas, de sus familias o incluso de sus juergas. Te das cuenta de que gente que considerabas formal están todo el día agarrados a un cubata y de gira por medio mundo. Miras sus fotos y los ves con amigos a los que no conoces, pero que también están en Facebook, y miras su perfil, sus fotos, sus gustos, sus lecturas, sus películas favoritas… y así podrías tirarte los próximos 25 años.
Una cantidad ingente de información a la que no puedes dar casi ningún un uso profesional, pero que te ha convertido en un chafardero. Quizás debería haber psicólogos en línea para tratar casos como el mío.








