Versión 1: Color rojo
Estaba ligeramente nervioso. Estaba haciendo algo que no solía hacer y mi agarrotamiento iba en aumento. Llegué al portal y me sentí aliviado cuando vi que estaba abierto de par en par. Sólo tenía que subir dos pisos, así que pescindí de los servicios del ascensor y acometí los peldaños de la escalera de dos en dos al principio y de uno en uno el último tramo, no tanto por mi incapacidad física sino para evitar llegar sudando y causar una imagen inconveniente. Sólo hay una ocasión para causar una primera impresión y quería que fuera la mejor posible.
Llegué al rellano y me paré ante la puerta. Respiré hondo y comprobé que las escaleras no me habían hecho una mala jugada en los sobacos, y aparte de un ligero incremento en mis pulsaciones, todo parecía estar en orden. Sin llamar, empujé la puerta directamente. Cedió, pero unos cascabeles tintinearon a modo de aviso. No habrá que tocar, pero igualmente se entera todo el mundo. Por suerte no había nadie en el recibidor que se girara para mirarme a los ojos y evidenciarme aún más.
Traspasé el recibidor y a la derecha, en una habitación ligeramente más pequeña, estaba ella. Me sorprendió. Esperaba encontrarme con una mujer ruda y con algunos años de más, y sin embargo me alegré al ver que estaba más cerca de los 20 que de los 25. No era muy alta. Alrededor de 1’65, aunque desde mi posición no podía ver si iba con tacón o con sandalias planas. Tenía el pelo rizado de un negro intenso, que contrastaba con su piel muy blanca, y unos grandes ojos negros que hacía que, en su conjunto, su cara pareciera más redonda de lo que en realidad era. Vestía una camiseta blanca muy estrecha, que le acentuaba la cintura y marcaba aún más su generosa talla de pecho. Por debajo pude ver un pantalón blanco muy ancho, al más puro estilo adlib ibicenco, que hacía que sus movimientos se asemejaran más a flotar que a caminar.
“Hola, me llamo, Miguel Ángel. Hemos hablado esta mañana”, dije con un aplomo que me sorprendió, dadas las circunstancias. “Sí, hola, yo soy Helena. Tengo la habitación preparada”. Bien, pensé, sin preámbulos ni historias ni conversaciones banales. Vamos a lo que vamos. Me acompañó hasta una habitación al fondo del pasillo, apartó un biombo estilo japonés y me dejó pasar. “Ves quitándote la ropa. Vuelvo enseguida”. Oí sus pasos alejarse en el pasillo, abrir una puerta, el girar del mando de un grifo y el fluir del agua. La higiene es muy importante en estos casos. Me tranquilizó el gesto. La chica sabía lo que se hacía.
La decoración de la habitación era de lo más austera. Lo cierto es que sólo tuve tiempo de contemplar un poster enmarcado de una figura humana masculina sacada posiblemente de algún tratado de anatomía no excesivamente moderno, antes de que llegara ella de nuevo.
Os voy a ahorrar los detalles de todo lo que sucedió en los siguientes 50 minutos, pero recuerdo sobre todo la suavidad y, a la vez, firmeza de sus manos. El caso es que salí de la habitación revitalizado. Ella se marchó mientras yo me vestía y mientras oía de nuevo el ritual de higiene del principio. Cuando pasé de nuevo por su mostrador, volvía a tener la misma cara sonriente y me pareció todavía más guapa que al principio. El deseo tiene el problema de que una vez que lo has satisfecho, ya no existe tal deseo, pero en mi caso no era así. Yo hubiera seguido en la habitación un par de horas más, pero las tarifas que uno puede permitirse ponían el límite en esos 50 minutos.
Pagué religiosamente lo estipulado y quedé con ella de nuevo al cabo de 15 días. “¿Te va bien los jueves?”, me dijo. Yo pensé, “me va bien venir todos los días”, pero me conformé con un “sí, jueves alternos”. Tomó nota en su agenda y nos despedimos algo fríamente, pero mi sensación de bienestar superaba los recelos o el grado de efusividad de los saludos recibidos.
Y así, con esta cara de felicidad, me marché para casa, donde me espera mi mujer para irnos a tomar unos vinos y unas tapas. No podíamos perder la oportunidad porque la abuela se había quedado dos días con el niño y habíamos recuperado la soltería después de muchos meses.
Versión 2: color blanco
La fisioterapeuta nueva es fantástica. A partir de ahora iré los jueves, cada quince días.








