Mi Windows petó por última vez. Cansado de estar todo el día bloqueando el acceso de virus, actualizando el software sin saber si eso me iba a descoyuntar otras configuraciones, pantallazos azules sin venir a cuento y muchas otras cosas, he decidido que va siendo hora de darle una oportunidad al open source en mi servidor. Me he decantado por la distribución Ubuntu porque, según todos los expertos consultados, es un “Linux para pardillos”, y como me considero un pardillo en estos temas, me pareció la mejor opción.
Aproveché que Windows había dicho “hasta aquí soy capaz de aguantar” para hacer una pequeña reordenación del hardware, cogí el CD de Ubuntu y me lancé a la aventura. Tengo que decir que la instalación del sistema operativo fue relativamente fácil. Al primer intento petó el CD (se ve que estaba rayado o algo así), pero por suerte tenía otra copia que funcionó perfectamente. Lo único complicado fue la decisión de cómo hacer las particiones en los discos, teniendo en cuenta que en ellos había información que necesitaba conservar. Al final puse todo en un único disco y utilicé el otro para formatear e instalar Linux.
En relativamente poco tiempo ya tenía el sistema instalado y funcionando. No me pidió ningún driver, ni tuve que ponerme a configurar tarjetas de red o la conexión a internet. Todo funcionó a la primera y sin tener que reiniciar 20 veces para cargar las configuraciones. Eso sí, tenía unas 140 actualizaciones pendientes, que el propio Ubuntu se encargó de descargar e instalar.
En próximos posts contaré mi experiencia en cuanto a la configuración del sistema para mis necesidades, que no está siendo tan fácil. No culpo totalmente a Ubuntu de ello. La culpa es mía por hacerme el gallito montando un servidor en Linux sin haber visto antes un Linux funcionando, pero bueno, he conseguido hacer cosas que no me imaginaba. La intención hoy era contaros por qué esto ha estado caído tanto tiempo. Estamos trabajando en ello.
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