Aprovechando que ONO tuvo a bien dejarme más de 48 horas sin internet este fin de semana, sin dar explicaciones (después de varias llamadas a un 902 me entero de que “hay una avería en su zona”), he tuneado mi viejo servidor. Mejor dicho, lo he tirado a la basura y me he comprado uno nuevo. Pero como tengo en mente lo que sufrí al instalar Ubuntu, estaba sudando chorros de tinta pensando en que la cosa me iba a hacer padecer largo y tendido.
Pues al contrario. Cojo el disco del viejo servidor y lo pongo en el nuevo. Arranco y todo se pone en marcha como siempre. El único aviso que me soltó fue que se había desconfigurado el servidor gráfico (Gnome), que reiniciara en modo terminal, ejecutara un comando determinado (sudo dpkg-reconfigure -phigh xserver-xorg) y a seguir disfrutando. Normal teniendo en cuenta que la nueva tarjeta gráfica se parece a la vieja lo mismo que un huevo a una castaña.
Recuerdo la última vez que hice algo parecido con mi Windows 2000 y no puedo hacer más que cantar las alabanzas de Ubuntu. Las cosas como son.







