Hace un par de días se desarrolló la Gala de Entrega de los XI Premios de la Música, auspiciada por la SGAE y la AIE. Ahí estaba Luis Cobos haciendo de jamon y queso entre los sandwiches de la ministra de cultura y la alcaldesa de Córdoba.

Casi todos los años he intentado seguir la gala, no por los premios (que uno sabe de antemano a quién se lo van a dar, porque parece que no hay otros artistas en España), sino sobre todo por los artistas y fusiones que se presentan en directo, que siempre he considerado muy interesantes. Allí conocí a Carlos Núñez y Kepa Junkera interpretando juntos “A irmandade das estrelas”, por poner un ejemplo.

Pero lo que ya se hace infumable, por más actuaciones fantásticas que pongan, es que a cada minuto me estén acusando de criminal, de pirata y de fomentar la destrucción de la música. Que el hilo argumental de este año fuera que un pollo venía del futuro explicando que se había suprimido toda actividad creativa y que el presidente de los creadores es un personaje perseguido y amenazado de muerte, y que vengan aquí y ahora a decirme que es responsabilidad mía lo ocurrido, qué quieres que te diga… me parece un insulto.

Y que me insulten desde un medio público (la gala fue retransmitida por La2 de Televisión Española) me parece todavía más grave. Y que el insulto venga respaldado por una ministra y una alcaldesa, es denigrante. Pero, como siempre, estos insultos vienen amparados por una ley que permite a las entidades de gestión de derechos presentarse dónde quieran con total impunidad y arrasar cuál elefante en una tienda de porcelanas. Total, no pasa nada. Tienen la ley de su lado. Una ley que es incuestionable y, a mi juicio, inconstitucional.

Por esto, y a pesar de sufrir de insomnio gracias a un hijo de una semana que no distingue la noche del día y que cada par de horas reclama alimento y atención, decidí cambiar de canal y tragarme algún otro bodrio en algún otro canal donde, por supuesto, no me insultaban.