Por suerte soy uno de esos fumadores a los que no les da un ataque de caspa si tiene que pasar 12 horas encerrado en un avión, o una comida de tres platos, postre y café, sin encender un cigarrillo. Todavía puedo contemplar un paquete de cigarrillos sin abalanzarme como si me acabaran de presentar a Scarlett Johansson.
No obstante, el gobierno se acaba de sacar de la chistera una nueva ley para que los fumadores seamos unos proscritos (todavía más). Y que conste que no me parece mal del todo, pero deberíamos analizar la situación. Aparte de que me eliminan la posibilidad de entrarle a una chati en la barra de la disco ( “Perdona chata, tienes fuego?”. “Aquí no se puede fumar”. “No, si es para calentarme las manos”), lo que me revienta los higadillos es que los incitadores a la drogadicción (a la sazón, las tabaqueras) han decidido que van a bajar los precios para seducirme, más todavía. O sea, que sí podían vender a precios más bajos… y mientras tanto, pagando como un imbécil. ¿Y que es lo siguiente que van a hacer?. ¿Añadirle más sustancias (no sé, yo sugiero el neopreno) para que todavía nos enganchemos más?. ¿Llegarán a fabricar un “Tomacco” (es asqueroso, pero su sabor es suave y adictivo (Bart Simpson – Episodio 5, temporada 11)), para que lo puedan ingerir niños de 8 años?. ¿Y de dónde va a sacar ahora la pasta el Estado que obtiene mediante los exagerados impuestos sobre el tabaco, si ahora todos dejamos de fumar de golpe?
Al final pasará como en Estados Unidos, que como está prohibido fumar en las oficinas, la gente se reune en las entradas de los edificios, provocando que el que quiera enterarse de los cotilleos, acabe agarrando un cigarrillo y metiéndose enmedio del jolgorio. Claramente, esta ley es una incitación al consumo de tabaco y atacará más todavía a la salud pública. Si no es la nicotina y el alquitrán, serán los nervios de tener que aguantar a ex-fumadores compulsivos e irritables.